El conflicto de los taxis con Uber y valoración de las empresas

"Hay, a lo menos, dos moralejas que la destrucción creativa provocada por la revolución tecnológica tiene para los analistas que valorizan empresas y dan recomendaciones de inversión. También para aquellos que compran la pomada que ellos venden: auditores, clasificadores de riesgo y autoridades que supuestamente supervigilan".

  • miércoles, 25 de mayo de 2016 00:00    
        
        

Hasta hace muy poco tiempo, evaluar el negocio “taxi” seguía una metodología implícita o explícita –digamos, tradicional– donde la principal inversión era la patente de taxi, cuyo monto excede varias veces el valor del auto.

El hecho de que haya taxis circulando hace suponer que el valor presente de los flujos netos esperados compensa las inversiones. El hecho de que se transen las escasas patentes a un alto precio refleja que estas captan parte importante del Valor Actual Neto (VAN) del proyecto. Pero hoy, con el fenómeno Uber a cuestas (y otros más), ¿invertiría usted sus ahorros en una patente de taxi?

Hay, a lo menos, dos moralejas que la destrucción creativa provocada por la revolución tecnológica tiene para los analistas que valorizan empresas y dan recomendaciones de inversión. También para aquellos que compran la pomada que ellos venden: auditores, clasificadores de riesgo y autoridades que supuestamente supervigilan.

Primero: Amenaza. ¿Existe alguna empresa inmune a la revolución tecnológica que estamos viviendo? Ninguna.

¿Estarán vivas las actuales empresas triple A en 5 o 10 años más? Los cambios tecnológicos de los próximos 10 años serán considerablemente mayores que los vividos en los 10 años anteriores. Nadie tiene la supervivencia comprada. Nadie. Este simple hecho debe poner la nota de cautela sobre el horizonte de estimación de flujos y los múltiplos de valorización utilizados; también debe ser una alerta sobre el plazo de emisión de bonos que, dicho sea de paso, después compran las AFP y Compañías de Seguros de Vida, ambas jugando nada menos que con los ahorros de terceros.

Segundo: Costo de Reposición. ¿Cuánto cuesta rehacer desde cero una empresa con nuevas tecnologías? Estamos hablando de una nueva función de producción, sin las actuales estructuras pesadas de costos fijos y a costos variables que son una fracción de los hoy vigentes. A priori, un alto techo para replicar la empresa debería ser el capital contable, como tope. Si resulta que hacer una empresa nueva tiene un costo considerablemente menor que el valor actual del activo (deuda más patrimonio bursátil), entonces, el precio de la acción estaría caro para la flor y nata de nuestras joyitas en bolsa.

¿Qué justificaría el excesivo precio de la acción? Esa pregunta la debería responder el Directorio en la junta de accionistas. Dos hipótesis: a) nada impide que hoy se “clone” la compañía con tecnología moderna y, por lo tanto, el excesivo precio de la acción se sustenta por aire, porque basta el solo hecho de que se pueda hacer la empresa nueva, para anticipar sus efectos; b) la compañía no está sujeta a competencia de verdad y opera en un mercado imperfecto, el que sustenta sus rentas anormales... un veranito de San Juan.

Valorizar una compañía impone un desafío cada vez más difícil. Se trata de determinar un VAN del proyecto empresa coherente con la destrucción creativa y condiciones de real competencia. Aquí es aconsejable pecar de cautos y ser prudentes en los parámetros utilizados y en las estimaciones, en vez de seguir la receta común de proyectar flujos en función de una tasa de crecimiento dada por las inversiones anunciadas, entre otros.

Llegar y arrastrar las celdas en Excel es muy fácil. Parece que hoy es suicida no solamente comprar una patente de taxi. El primer analista que diga “El Rey está desnudo” y se salga de la manada de los lugares comunes, se llevará todos los galardones.

Iván Rojas Bravo

Fuente: El Mostrador